miércoles, 7 de septiembre de 2016

Y OTRA IDEOLOGÍA




     De todas las épocas es la disyuntiva cultural entre el realismo y el subjetivismo. Esa disyuntiva se ha hecho más aguda en los últimos siglos. 

     El realismo observa que el mundo guarda un orden propio, que presupone una inteligencia ordenadora. Hay un orden natural y objetivo. El hombre (material y espiritual) puede modificar el mundo y a sí mismo, pero no contra naturam (vgr. con la promiscuidad sexual). 

    El subjetivismo considera que es el propio sujeto el que da sentido al mundo exterior: al derribar el árbol le doy sentido haciendo una mesa. Niega la naturaleza: todo es cultura, creación humana. El hombre sería una materia informe y manipulable: hay que hacer caso omiso de su dignidad, libertad y racionalidad. El que admite una naturaleza humana es “cavernícola”, “fundamentalista” y “retrógrado”. 

    Producto del subjetivismo son las ideologías. Una ideología no es simplemente un convincente conjunto de ideas, sino “un sistema cerrado de ideas que se postula como modelo según el cual ha de reestructurarse toda la vida humana en sociedad” (J. Scala). La realidad ha de ser definida por la ideología. 

    Una ideología parte de un premisa indemostrada e indemostrable. Así en las ideologías que hemos padecido en el siglo XX. En el comunismo marxista, con la premisa de la lucha de clases como fuente del progreso. Y en el nazismo hitleriano con la premisa de la superioridad de la raza aria. La ideología se impone mediante la manipulación, violenta o propagandística; ya que el ideólogo se considera como una especie de salvador de la humanidad.

    Los comienzos del siglo XXI nos han propinado el avance de una nueva ideología, aliada con el relativismo ambiental: la ideología de género. El modo actual de difusión de una ideología consiste en la manipulación del lenguaje. No matizan los conceptos y no prueban lo que afirman. Utilizan palabras talismán, cargadas de equivocidad, tales como discriminador, sexista, homófobo, género (en lugar de sexo). Se busca un término equívoco, y se va instalando la vieja palabra con un sentido nuevo, desde la escuela (alumnos, profesores) a los medios masivos de comunicación (lectores, televidentes, etc.). La ideología de género se ha infiltrado en los diversos partidos, liberales o socialistas, al ampara del relativismo doctrinal, de la ambición de poder y de los intereses económicos. Se le da al pueblo pan y circo: con una educación sexual permisiva, pornografía y anticonceptivos gratuitos (degradación de la voluntad). Y con abandono de las humanidades (degradación de la inteligencia). A través de la escuela y de los medios de información, de opinión y de entretenimiento, se busca un “pensamiento único” que vaya elaborando lo “políticamente correcto”. Al final las masas mantienen el viejo vocablo, pero le dan un nuevo contenido.

    La Academia de la Lengua ha declarado que el género es sólo una categoría gramatical, con tres géneros: masculino, femenino y neutro. Pero que se está buscando que sea una categoría antropológica, el sexo psicológico o género, que acabe desplazando al sexo natural. El género es sólo una propiedad de sustantivos y pronombres. Para los humanos debe emplearse el término sexo. Las personas no tienen género, sino sexo. Por otra parte que las reiteraciones en el lenguaje son innecesarias y redundantes (miembros y miembras, comadronas y comadronos). Y que la arroba no es una letra, sino un signo del correo electrónico (estimados señor@s). 

UNA REVOLUCIÓN CULTURAL

A nivel mundial se está desarrollando una auténtica revolución, que no se impulsa con barricadas, atentados dinamiteros ni golpes militares. Se trata de la ideología de género, pseudo-antropología, con pretensiones de reingeniería social planetaria.

    Comenzó como un derivado del movimiento feminista, que buscaba objetivos muy loables: El reconocimiento de la dignidad de la mujer y la igualdad con el varón en derechos civiles. Al radicalizarse ideológicamente, el feminismo desbordó estos parámetros para propugnar la revolución sexual. La píldora anticonceptiva ofreció la herramienta tecnológica.

    La ideología de género lleva a cabo una reinterpretación de la historia y de la cultura. Ha surgido el nuevo gremio de los especialistas en género: que proliferan en gobiernos, planes educativos y empresas transnacionales. Con el factor común del rechazo de la maternidad, del trabajo doméstico y de las obligaciones matrimoniales.

    El preconcepto inicial es la negación de la naturaleza humana. El ser humano sería una materia informe que hay que modelar y dotar de sentido. No habría características propias de cada sexo, ni siquiera en la vida psíquica. La homosexualidad no sería antinatural y la heterosexualidad no sería natural. Al negar la naturaleza humana se separa el cuerpo de la psiquis. En consecuencia habría que cambiar la cultura, porque varones y mujeres serían absolutamente idénticos.

    Según esta concepción: frente a las evidentes diferencias biológicas, el sexo natural sería intrascendente y lo decisivo sería la psiquis, que no tendría relación con el sexo corporal. Aunque las estadísticas muestren que determinadas conductas se dan mayoritariamente en varones y otras en mujeres, las diferencias biológicas no tendrían ninguna significación antes de ser interpretadas, ya que serían una mera construcción de la sociedad.

    Propugnan la noción de género, que sería el sexo construido socialmente (algo así como un rol convencional). Cada persona construiría su género. Con reingeniería social se podría transformar la percepción natural del género (imposición totalitaria); tal como admite Simone de Beavoir: “Ninguna mujer debería estar autorizada para quedarse en casa a criar los hijos… Las mujeres no deberían tener esa opción, precisamente porque si existe esa opción, demasiadas mujeres optarán por ella”.

    Si se niega la naturaleza humana, y la dualidad de la persona humana como varón o como mujer, no habría ningún condicionamiento antropológico, ni biológico ni psicológico, relativo a la sexualidad. Cada ser humano tendría autonomía absoluta para construir su propio género

    El objetivo final de esta revolución es la completa eliminación de las diferencias sexuales en los seres humanos, para construir un “mundo nuevo”. Para hay que luchar contra el “patriarcado” y la “familia tradicional”. El sexo estaría solamente al servicio del placer: Todo vale

DE AQUELLOS POLVOS VINIERON ESTOS LODOS

    Los errores antropológicos y morales traen consigo a la larga o a la corta grave perjuicios para las personas singulares, las familias y todo el conjunto de la vida social. Hoy en día, en una sociedad dinámica, las consecuencias vividas del pensamiento se hacen sentir con rapidez. Ojalá que sepamos captar con suficiente antelación las consecuencias negativas de la ideología de género. Para estacionar bien el automóvil basta con mirar. No hace falta chocar con otro vehículo o con una columna, por aquello de que el golpe avisa.

    A nivel personal esa ideología busca suprimir la diferencia natural entre varón y mujer. Sólo habría diferencias físicas. Todos seríamos sexualmente polimorfos, pues cada uno construiría su propia identidad sexual. En consecuencia nada sería natural ni antinatural: todos los modos de relaciones sexuales tendrían igual valor antropológico y social.

    El único límite sería no forzar la libertad individual en materia sexual. Si las relaciones son libres, son buenas. Daría igual el matrimonio indisoluble que cualquier otro tipo de relación: concubinato, intercambio de parejas, poligamia, poliandria, prostitución femenina o masculina, relaciones esporádicas entre varón y mujer, o entre personas del mismo sexo, etc.

    A nivel social las consecuencias de esa ideología serían catastróficamente disolventes, comenzando por la eliminación del matrimonio: unión estable de varón y mujer, para procrear y educar a los hijos; forma de amistad especial entre los esposo, con el gozo de la familia y de los hijos, como decía Aristóteles.

    Como el matrimonio gana siempre a las instituciones inestables, se procurará redefinirlo. Si todo es matrimonio, nada es matrimonio. Esto viene favorecido por el crecimiento exponencial del divorcio. Si las uniones de hecho se equiparan al matrimonio, ¿para qué casarse? Se busca legalizar las uniones homosexuales, incluso con la posibilidad de que sean adoptantes. Lamentablemente la suma de dos egoísmos no forma una comunidad.

    Para erosionar la solidez de la institución matrimonial y familiar se busca debilitar la autoridad: la patria potestad será compartida e incluso democrática, para diluir las responsabilidades domésticas. Y el Estado implantará su garra sobre la vida familiar, a través de una educación sexual con ideología de género. Y se otorgarán “derechos sexuales y reproductivos”: facilitar anticonceptivos a los niños, aborto como derecho de la mujer y con desconocimiento de los padres.

    Si cualquier unión sexual origina un “nuevo tipo de familia”, se acaba la familia. Como la familia es comunidad de amor y de libertad eso estorba a una ideología totalitaria. La sociedad se debilita, por destrucción de su célula básica (con amor desinteresado y personalizado). Sin familia hay pérdida de identidad. La criminalidad y el abuso de menores se multiplican en las familias rotas.

    Quizás se piense que la ideología de género es inocua, que no produce mayores males. No es así: la contabilización de las víctimas de la Segunda Guerra Mundial ha sido objeto de numerosos estudios, que generalmente ofrecen estimaciones de entre 55 y 60 millones de personas fallecidas, elevándose hasta más de 70 millones según los cálculos más pesimistas y de 40 a 45 millones según los más optimistas; consecuencia de ideologías sangrientas, la nazi y la comunista.

    Ahora bien, en los últimos 40 años, se han producido 1.720 millones de asesinatos de niños y niñas inocentes, mediante el aborto legalizado e inducido. Consecuencias de la ideología de género.

 Rafael María de Balbín