INTRODUCCIÓN CRÍTICA AL MARXISMO
Rafael María de Balbín
“Con el término marxismo se designa no
solamente la doctrina filosófica y político-económica de Karl Marx, sino
también el cumplimiento, el desarrollo, la revisión y la crítica inmanente que
lo han caracterizado, desde finales del siglo XIX hasta nuestros días. El punto
de partida del pensamiento de Marx (1818-1883) es la crítica a la filosofía de
Hegel sobre las bases de L, Feuerbach, es decir, la inversión del idealismo en
el materialismo histórico, como estudio científico de la historia en cuanto
lugar concreto de realización de la humanidad. En este contexto se reconoce al
hombre como existencia social que, a través del trabajo y de la asunción
consciente y colectiva de su destino, puede transformar su condición de vida
eliminando aquellos elementos que la alienan. A través del estudio de la
economía clásica, Marx llega a señalar la base material y económica de la
sociedad y de la historia humana (estructura) que determina el conjunto de las
ideas y de las instituciones religiosas, filosóficas, políticas de una época
(superestructura); analiza sus contradicciones a nivel económico y social (el
conflicto entre el capital y e1 proletariado) e indica en el proletariado la
fuerza que -a través de la lucha de clase- guía a la sociedad hacia una
evolución definitiva. De este modo el proceso histórico se concibe como un
desarrollo dialéctico unitario, que tiene su resorte en la contradicción
(caracterizada en las fuerzas productivas y en las relaciones de producción), y
su meta final en el comunismo, como organización social en la que se unirán la
teoría y la praxis y donde, una vez eliminadas la alienación económica, se
llevará a cabo el verdadero humanismo”
P.
CODA
“El Materialismo
Dialéctico, que puede ser cualquier otra cosa, es sin duda la filosofía más
relamida y oportunista que una casta dominadora haya adoptado jamás para fines
políticos. Descubre una lógica espúrea en las más alarmantes inconsistencias.
En el Materialismo Dialéctico hay algo de monstruoso. Explota para acabar con
la explotación. Escarnece los valores humanos elementales en nombre de la
Humanidad. Fortalece nuevas clases para alcanzar una sociedad sin clases. En
una palabra, presume ser tan implacable como la Historia, en lugar de oponer
sus sueños y sus esperanzas a la dureza de la Historia”.
E.
LYONS
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Índice
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I.
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Marx y el marxismo……………………………………
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II.
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El Materialismo dialéctico……………………………..
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III.
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El Materialismo histórico. Crítica de las
alienaciones…
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IV.
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Religión, filosofía, moralidad………………………….
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V.
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Estado y sociedad………………………………………
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VI.
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Economía y revolución…………………………………
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VII
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La descomposición del marxismo
teórico……………...
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VIII.
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Marxismo y fe cristiana………………………………...
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IX.
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¿Es posible un
diálogo?..................................................
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X.
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Teología de la liberación (I)……………………………
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XI.
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Teología de la liberación (II)…………………………..
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I. Marx y el marxismo
Sumario. Importancia del marxismo. Vida y obras de Karl Marx. El liberalismo y
los abusos del capitalismo. El socialismo revolucionario. Precedentes
filosóficos del marxismo: positivismo, evolucionismo, hegelianismo, izquierda
hegeliana. El marxismo: materialismo dialéctico e histórico.
Con el nombre de
marxismo, entendemos el sistema de pensamiento ideado por Karl Marx, con la
ayuda de Federico Engels, que ha influido mucho en el pensamiento y en la
sociedad desde mediados del siglo XIX. Más tarde este sistema fue continuado
por Lenín (marxismo-leninismo), así como por Stalin, Mao-Tse-Tung, etc. Además
de los partidos comunistas, hay también numerosos pensadores socialistas
democráticos, que aceptan en parte los principios del marxismo.
El influjo del
marxismo se ha dado no solamente en las ideas, sino en la vida práctica. Pues a
lo largo de la mayor parte del siglo XX, y con supervivencias en los comienzos
del siglo XXI, muchos millones de
personas han sufrido en diversos países la privación de los derechos humanos más
elementales bajo regímenes comunistas, y otros han tenido que padecer las
consecuencias de la violencia revolucionaria y del materialismo marxista. El
marxismo no es, simplemente, un sistema económico entre otros, sino una
filosofía, una ideología, una “cosmovisión” (concepción completa del mundo, del
hombre y de la vida).
Karl Marx nació el
5-V-1818 en Tréveris (Renania, Alemania). Sus padres pertenecían a la clase
media y eran de raza judía. Abrazaron el protestantismo, parece que por
conveniencia. Karl Marx estudió en el gimnasio de Tréveris, en la Universidad
de Bonn (Leyes) y en la Universidad de Berlín, donde todavía conservaba mucho
prestigio e influjo el filósofo Hegel. En 1838 hizo su tesis doctoral sobre el
materialismo de Epicuro. En 1841 la presentó en la Universidad de Jena. En esta
tesis aparece ya su concepción materialista de la vida, y su rechazo de la
religión (al inicio de su obra puso las palabras del “Prometeo” de Esquilo: “En
una palabra, odio a todos los dioses”). Por esas fechas se entusiasma con la
filosofía materialista de Feuerbach. En 1842 se dedica al periodismo en
Colonia, pero al poco tiempo tiene que dejarlo y abandonar Alemania. Trata de
continuar su periódico en Paris, pero tiene también que dejarlo, por
dificultades financieras. De 1843 a 1846 se dedica en Paris a los estudios de
Historia, Economía y Política. Conoció a los anarquistas Bakunin y Proudhon.
Tuvo gran amistad y trabajó con Federico Engels en la publicación de sus libros
y en la promoción de proyectos revolucionarios. En 1848 publica el Manifiesto del partido comunista. En
1859 la Crítica de la economía política.
En 1867 El Capital. Fue expulsado de
París y en Inglaterra funda en 1864 la Primera Internacional (Asociación
Internacional de Trabajadores). El 14 de marzo de 1883 muere en Londres, en la
miseria, sin haber logrado terminar su máxima obra: El Capital.
En aquella época
imperaba, en Renania y en toda Europa, el liberalismo político: proclamación de
la completa libertad de cada individuo frente al Estado, declaración de los
derechos del hombre, soberanía popular. En nombre de la libertad de los
ciudadanos el Estado no interviene en los problemas de la sociedad, y se
producen gravísimas injusticias. Aunque la burguesía ha realizado una
revolución política contra la antigua aristocracia, hay en ésta época una
profunda depresión social: la revolución industrial ha producido concentración
de capital y la aparición de una legión de obreros que trabajan en condiciones
inhumanas, con míseros salarios y sin posibilidad de sindicalizarse.
El marxismo denuncia
estas injusticias, como otras personas e ideologías de la época, pero va más
allá: más que remediar injusticias concretas le interesa realizar la revolución
total. Crítica a los otros socialismos de la época, a los que llama “utópicos o
reformistas”, proponiendo por su parte un socialismo “científico”. Entra en
pugna, con los movimientos obreristas contemporáneos, rechazando el reformismo
y también el anarquismo.
La crítica de los
abusos capitalistas y de la miseria proletaria se lleva a cabo dentro de una
ideología totalizante y ambiciosa; se rechaza la apropiación individual de las
mercancías industriales, ya que su producción es colectiva. Y se afirma que la
inexorable concentración del capital lo lleva a su propia ruina.
El ambiente
intelectual es por aquel entonces positivista y materialista: Augusto Comte
reduce todas las ciencias a la ciencia experimental que permitirá un progreso
irreversible para la humanidad, Charles Darwin y Hubert Spencer afirmarán el
origen evolucionista, a partir de la materia, del hombre y aun de toda la
realidad.
Es notable la
influencia en el marxismo de varias construcciones filosóficas anticristianas:
de Strauss (la religión es un mito), de Bauer (la religión es “la desgracia del
mundo”), de Feuerbach (la religión es una creación del hombre). Destaca
especialmente el influjo de Hegel, quien realizó una construcción idealista de
vastas proporciones; habla de un Absoluto, de apariencia religiosa, pero sin
dogma, moral, culto ni iglesia. Toda la realidad es para él un movimiento único
y total de la Razón (creaciones culturales de la humanidad), al término del
cual se encuentra el Espíritu Absoluto. Ese movimiento se lleva a cabo a golpe
de contradicciones (dialéctica) y tiene tres fases que se van repitiendo
constantemente: tesis, antítesis y síntesis. Toda la realidad sería un producto
de esa Razón supraindividual, que estaría dotada de un dinamismo propio y no
recibido de nadie.
Feuerbach, Bauer y
Strauss critican a Hegel con ideas radica1es materialistas y ateas. Constituyen
la llamada “izquierda hegeliana”. Pero más radical será todavía el pensamiento
de Karl Marx: hay que tener en mente la actividad sensorial y el trabajo humano
(transformación humana de la naturaleza). La dialéctica se lleva a cabo en la
materia, no en un pretendido Espíritu Absoluto. Hegel se queda en la
construcción intelectual y teórica. Hay que ir al terreno práctico; de la
historia, de la sociedad. Y advertir las alienaciones que rebajan al hombre.
Marx dirá: “los filósofos han estudiado la realidad, nosotros queremos
cambiarla”. E impulsará una dialéctica
real, una praxis que transforma
la sociedad y la historia. Todo ello a partir de una crítica de la situación
socio-económica del momento.
Las diversas alienaciones de la sociedad capitalista (religión,
filosofía, propiedad privada, etc.) serán presentadas como engaños,
encubridores de la explotación. El remedio que se ofrece es una visión científica, pero llena de entusiasmo, de
la persuasión de haber llegado al momento culminante de la historia: se confía
en una evolución incesante, en el poder de la razón humana científica y
técnica, en un nuevo humanismo del trabajo productivo. Se piensa tener la
secreta clave para resolver los problemas de la humanidad y darles definitiva
solución. La ideología marxista ha trabajado intensamente para lograr el paraíso comunista, la sociedad sin
clases. Sus armas han sido diversas, según las diversas sociedades, para
desarrollar la táctica de la revolución.
Como etapa necesaria se ofreció la dictadura del proletariado, a la cual habría
de llegarse utilizando todos los medios posibles, exasperando hasta la ruptura
los conflictos sociales, influyendo a través de la educación, etc. Cuando ha
sido necesario el comunismo marxista se ha presentado como partido democrático, buscando la vía democrática al poder (vía democrática para que el poder deje de
ser democrático). Se ha actuado dentro o fuera de la ley, según conviniera. El
marxismo revolucionario se proclama salvador y lo promete todo; porque si
triunfa nadie podrá reclamarlo. Cuando triunfe la táctica comienza la estrategia: la exportación de la
revolución a otros países.
Bibliografía
IBAÑEZ LANGLOIS, JOSÉ
MIGUEL; El marxismo: visión crítica. Ed. Rialp, 2a. ed., Madrid, 1973, págs. 9-56.
MCFADDEN, CHARLES; La filosofía
del comunismo. Ed. Sever-Cuesta, Valladolid, 1961, págs. 3-27.
SHEED, FRANK J.; Comunismo y
hombre. Ed. Palabra, Madrid, 1981, págs. 11-43.
WETTER, G.A.; LEONHARD, W.; La
ideología soviética. Ed. Herder, 2a. ed., Barcelona, 1973, págs.17-31.
OCARIZ, FERNANDO. El marxismo:
teoría y práctica de una revolución. Ed. Palabra. Madrid, 1977, págs.
1-101.
CALVEZ, JEAN-YVES. El pensamiento
de Carlos Marx. Ed. Taurus. Madrid, 1966, págs. 9-34.
PIETTRE, ANDRÉ. Marx y marxismo. Ed. Rialp. Madrid, 1977, págs. 11-29.
GÓMEZ PÉREZ, RAFAEL. El humanismo
marxista. Ed. Rialp. Madrid, 1977, págs. 17-173.
II. El Materialismo dialéctico
Sumario. Una explicación íntegramente materialista de la realidad. La
dialéctica y sus fases: tesis, antítesis
y síntesis. Leyes de la dialéctica. Crítica de la dialéctica.
Desde fines del
siglo XVIII la humanidad ha presenciado un acelerado cambio de sus condiciones
de vida: ha habido importantes descubrimientos científicos y tecnológicos. Se
ha abierto una nueva era a través de la investigación científica, la
exploración del espacio, los sorprendentes avances de la cibernética. A la vez
la ciencia del siglo XX fue aprendiendo a tener una conciencia más clara de sus
limitaciones, cosa que no tenía la ciencia del siglo XIX, y en concreto Marx y
Engels, cuando idearon el materialismo dialéctico, sistema de gran rigidez y dogmatismo, que trata de explicar en su
conjunto el universo material. El análisis marxista de la realidad se
auto-presenta como científico, necesario, ineludible. Las alienaciones,
que rebajan al hombre, se producirían inexorablemente para ser también
inexorablemente suprimidas por la revolución. El capitalismo se hundiría por sí
mismo, para dar lugar a la dictadura del proletariado y la sociedad sin clases.
Parece haber una
cierta evolución en el pensamiento marxista. Inicialmente todavía aparece como
una protesta ante las injusticias, como un cierto humanismo, como una
exhortación a las iniciativas personales. Pero muy pronto se ve que las leyes
férreas de la dialéctica de la materia lo gobiernan todo. Y que no queda lugar
para la acción de la libertad de la persona.
Quien formuló en
detalle el materialismo dialéctico fue Federico Engels. Toda la realidad sería
una manifestación de la materia. No hay lugar para el espíritu. El hombre es,
en su totalidad, un producto de la naturaleza: “El movimiento del pensamiento
no es más que la reflexión del movimiento real, transferido y transpuesto al
cerebro del hombre”. No hay más conocimientos y realidades que los materiales.
Se trata, pues, de
un materialismo absoluto, que lo abarca todo. La materia se bastaría a si
misma: eterna y autodinámica. El hombre procedería completamente por evolución,
a partir de las fuerzas de la materia. La materia es, además, dialéctica. Esto
quiere decir que está formada por contradicciones internas, conflictos de
aspectos contrarios, por ejemplo: electricidad positiva y negativa, acción y
repulsión, macho y hembra, burguesía y proletariado. Un aspecto cualquiera de
la realidad (tesis) vendría negado
por su contrario (antítesis) y este
sería superado a su vez por una nueva negación (síntesis). La contradicción
sería condición necesaria del
progreso. De vez en cuando ocurrirían saltos cualitativos: se pasaría de la
vida vegetal a la animal, y de ésta a la humana. Y la dialéctica explicaría
también todas las transformaciones de la sociedad. La dialéctica se llevaría a
cabo mediante tres leyes: que la realidad esté compuesta de aspectos
contradictorios (ley de los contrarios),
que un ser en movimiento progrese necesariamente hacia su propia negación (ley de la negación), y que un
desenvolvimiento cuantitativo y continuo en una realidad termina con frecuencia
por producir una forma enteramente nueva (ley
de la transformación). Esta dialéctica es la aplicación a la materia de lo
que Hegel afirmaba acerca del Espíritu Absoluto.
Pero lo que tenía
cierto sentido aplicado a la lógica en Hegel, no lo tiene ya aplicado a la
materia. En el pensamiento puede haber contradicciones entre el absoluto ser, y
el absoluto no-ser. En la realidad no, ya que en ella sólo se da el ser, y el
no ser no es nada. La materia no es ni puede ser dialéctica: en ella no hay
aspectos contradictorios, sino solamente contrarios. Atribuir a la materia
cualidades espirituales, e incluso divinas es forjar un mito, que fue
cuidadosamente definido por el pensamiento de Lenin y Stalin, el partido
comunista soviético, chino o cubano.
Es bien conocido el
ejemplo que pone Engels: un grano de cebada solamente produce la nueva planta
si es sembrado y se pudre. Hay, pues, una semilla (tesis), su destrucción (antítesis)
y la planta nueva (síntesis).
Esta teoría
dialéctica no explica, en realidad, nada, acerca del cambio. La mera
destrucción no produce el progreso. Y, si no, hagamos la prueba: quememos la
semilla de cebada o sumerjámosla en ácido sulfúrico. No aparecerá entonces una
nueva planta de cebada. Lo que permite el cambio y la transformación no es la
mera destrucción o negación, sino más bien los elementos virtuales o
potenciales que están contenidos, por ejemplo, en la semilla. La dialéctica no
ofrece una real explicación del cambio: vendría a decir que las cosas cambian
“simplemente porque cambian”.
Hay que decir que
cualquier explicación acerca del cambio, en la naturaleza o en la historia
supone admitir un Primer Motor y un Último Fin. El análisis riguroso del cambio
que se produce en la realidad lleva a descubrir a Dios. Ya Aristóteles lo había
descubierto en la antigüedad clásica. Y su análisis del cambio, merced a los
principios de acto y potencia, tiene mucha mayor profundidad que la explicación
marxista.
El materialismo
dialéctico ha sido un sistema de gran rigidez, incluso en lo que se refiere a
las explicaciones científicas de la naturaleza material. Así por ejemplo tardó
25 años en admitir la teoría de la relatividad de Einstein, hasta encontrarle
una interpretación dialéctica.
Filosóficamente
hablando, el materialismo dialéctico constituye una amalgama precaria entre el
idealismo dialéctico de Hegel y el materialismo positivista decimonónico.
Bibliografía
IBAÑEZ LANGLOIS; op. cit., págs.
57-93.
MCFADDEN; op. cit. ,págs 27-65 y 207-239.
SHEED; op. cit., págs. 43-55.
WETTER; LEONHARD; op.
cit. págs. 34-148.
CALVEZ; op. cit., págs. 369-484.
OCARIZ ; op.cit., págs.
130-154.
PIETTRE ;
op. cit., págs. 33-54.
GÓMEZ
PÉREZ; op.cit., págs. 169-173.
III. El Materialismo histórico. Crítica de las
alienaciones
Sumario. Qué es el materialismo histórico. Las alienaciones, según el
marxismo. La alienación religiosa. La alienación filosófica. La alienación
política. La alienación social. La alienación económica. La sociedad comunista
sin clases.
El materialismo
histórico constituye la explicación marxista de la historia y de la sociedad.
En principio es una aplicación particular de una teoría general de la realidad
(materialismo dialéctico). Aunque en realidad numerosos autores han mostrado
que existe una completa incompatibilidad entre el materialismo histórico (que
invoca a la libertad humana para realizar la revolución) y el materialismo
dialéctico (que explica todo cambio por una fatal y rígida necesidad).
La palabra alienación fue tomada en préstamo a la
filosofía de Hegel. Dentro del pensamiento marxista significan las
alienaciones determinadas situaciones humanas en los que el hombre se objetiva,
se exterioriza, se pone como distinto
de sí y se pierde. Son soluciones
irreales y abstractas de un problema material, una mistificación de la verdadera realidad, encubrimiento de la
miseria actual del hombre. Las alienaciones suponen separación y ruptura del
ser humano con respecto a sí mismo. Serán eliminadas mediante la revolución. De
esta manera Marx ve al hombre perdido y engañado, ajeno a sí mismo: en las
mercancías o productos industriales, en las clases sociales, en la estructura
estatal, en el pensamiento filosófico, en la religión. Cada alienación se
apoya en la anterior: la más abstracta en la más concreta.
La religión constituye para el
marxismo la alienación más irreal, la que más aleja al hombre de sí mismo. Es
pura ilusión, “pura miseria”, “abyección”, “pérdida radical de sí”; “el suspiro
de la criatura abrumada, el corazón de un mundo sin corazón”, “el opio del
pueblo”. De ese modo la “crítica de la religión es la condición de toda
crítica”. Y eso porque constituiría una evasión al más allá, una justificación
conservadora de los males de este mundo, que lleva a caer en un ensueño (opio). Cambiando las condiciones sociales, la religión será completamente
superflua y no existirá más. Nada de ella será asumido en la futura sociedad
comunista. “La crítica de la religión conduce a la doctrina de que el hombre es
para el hombre el ser supremo”.
El pensamiento
abstracto, la filosofía, sería otra
ilusión alienante: una alienación intermedia entre la religión y la política;
la apariencia de conocer las cosas como son: en su ser, esencia, naturaleza,
pero de modo teórico, abstracto, irreal. “Es en la práctica donde el hombre
tiene que demostrar la verdad”; “los filósofos no han hecho más que interpretar
el mundo de diversas maneras; lo que importa es transformarlo”.
Otra alienación es la política, que se denuncia al criticar
la filosofía hegeliana del derecho y del Estado. Este último no sería sino un
instrumento de dominación y opresión en manos de la burguesía: una conciliación
ilusoria de los contrapuestos intereses de clase.
La alienación social consiste en la explotación de la
mayoría (proletariado) por un grupo de privilegiados (burguesía). Es preciso
que los proletarios adquieran conciencia de clase y que lleven a cabo la
revolución. El motor del progreso social será la lucha de clases, que ha de ser
radical; como absoluta es la oposición entre la burguesía y el proletariado. La
burguesía, mediante la explotación, prepara sus propios sepultureros. La
antítesis total de la burguesía es el proletariado, que carece de dinero, de
cultura, de tradición, de virtudes. Ese es un privilegio revolucionario: ser
pura negación. Sólo puede subvertirse totalmente el status burgués con la negación dialéctica (revolución). La síntesis
superadora será la sociedad comunista sin clases.
La alienación económica es la causa radical de los
males humanos, y por tanto también de las otras alienaciones. La verdadera
estructura de la sociedad viene constituida por las relaciones económicas de
producción. La sociedad, la política, la filosofía, la religión, etc., son
solamente superestructuras, dependientes totalmente de la estructura económica:
“el molino movido a mano nos da una sociedad con señor feudal; el molino
mecánico, la sociedad del capitalismo industrial”’.
En El Capital Karl Marx expone su concepción económica. El hombre se
realiza, se autocrea, mediante el
trabajo productor, transformador de la naturaleza. Con la revolución industrial
adviene la producción en serie, y el hombre se pierde en los objetos. La estructura
industrial capitalista, el mercado económico con sus leyes de oferta y demanda
llevan a cabo el despojo de los obreros. El producto industrial es trabajo
objetivado del obrero, pero se le priva de él, ya que lo que vale es el precio
del objeto en el mercado. Así el obrero se ve alienado, convertido en fuerza
bruta de trabajo, percibiendo solamente lo necesario para subsistir. Según Marx
el valor económico de los productos no procede del intercambio (que no añade nada)
ni de la naturaleza (que es de todos) sino solamente del trabajo. La mercancía
es trabajo humano cristalizado. El patrono paga por ella lo mínimo al obrero, y
se queda con la diferencia (plusvalía),
que se va acumulando para engrosar el capital. Hay así una oposición dialéctica
entre la producción, que es colectiva, y la apropiación de sus beneficios, que
es individual. De un modo inexorable ello producirá una concentración creciente
del capital y el aumento del número de los proletarios. Así llegará la crisis
del sistema y la revolución proletaria, acto total y definitivo. La dictadura
del proletariado será la “expropiación de los expropiadores”.
Después se llegará
a la sociedad comunista del futuro, sin clases y sin alienaciones: “una
sociedad donde el libre desarrollo de cada uno es la condición del libre
desarrollo de todos”, una comunidad armónica y sin el poder estatal. “El
hombre se habrá convertido en una pasión hacia el hombre”.
Reinará el ateísmo,
por haber desaparecido las bases socio-económicas de la religión. El hombre
será politécnico combinando el trabajo manual e intelectual, integrado plenamente
con la naturaleza. Tendrá su realización completa, al ser dueño de su trabajo y
de las condiciones de su existencia material, sin estar sometido a ninguna
explotación.
La cosmovisión
marxista ofrece así como meta la realización de algunos de los más poderosos
sueños humanos, ofreciendo a los desposeídos una ilusión, unas soluciones
drásticas, una herramienta revolucionaria.
Bibliografía
IBAÑEZ LANGLOIS ; op. cit.,
págs 93-133.
MCFADDEN; op. cit., págs. 99-129 y 265-301.
SHEED; op. cit.,
págs. 55-99.
WETTER; LEONHARD; op.
cit., págs. 155-208.
CALVEZ; op. cit.,
págs. 41-57, 491-499, 668-700.
GÓMEZ
PÉREZ; op. cit., págs 180-217.
PIETTRE; op. cit., págs. 75-80.
OCARIZ; op. cit., págs. 55-70.
IV. Religión, filosofía,
moralidad
Sumario. La crítica marxista de la religión y su falta de fundamento. El
antiteísmo. La religión no se desentiende de los problemas de este mundo. La
crítica marxista de la filosofía sólo es válida para el idealismo filosófico.
La moralidad marxista al servicio exclusivo de la revolución.
La crítica marxista
de las alienaciones concibe como más radical la alienación económica, sobre la
cual se apoyarían todas las demás. La religión sería la alienación más alta,
abstracta y perturbadora de la realidad. Hay que decir que la crítica marxista
de la religión pone de manifiesto un completo desconocimiento de ésta: todo lo
más es el rechazo de una religiosidad externa y pequeño-burguesa, propia del
ambiente que Marx conoció, sin tomar contacto con una religión verdaderamente
vivida. Hay sin embargo, en él preocupación religiosa, o más bien una
transposición de las verdades religiosas a las realidades materiales y
terrenas: la revolución será una salvación, llevada a cabo por un mesías
crucificado (el proletariado), para llegar a un paraíso futuro (sociedad
comunista sin clases).
El materialismo
histórico marxista no sabe explicar los hechos auténticamente religiosos; por
ejemplo la historia y la religión del pueblo de Israel, que no tuvo unas
condiciones sociales y económicas verdaderamente distintas de los pueblos
vecinos; ni la vida y misión de Cristo, la doctrina del Evangelio, la expansión
de la Iglesia. Son hechos religiosos que no van acompañados de ningún cambio
apreciable en la “estructura” socio-económica.
La crítica de la
religión es solamente una reacción frente al Estado prusiano y su
confesionalismo protestante. Pero el contraste entre los principios religiosos
y la mediocridad de la propia vida no constituye ninguna alienación. Se da
siempre en toda vida humana, para las personas que intentan superarse y poner
la conducta al nivel del ideal. Decía Pascal que “el hombre sobrepasa
infinitamente al hombre”. La perfección humana no consiste en armonizarse con
la naturaleza cósmica. El hombre, que tiene un alma espiritual e inmortal, está
muy por encima de la materia.
El ateísmo
militante o antiteísmo marxista es un producto “teórico” y “apriorístico”. Su
verificación por la praxis (criterio marxista) sólo podría darse en la futura y
retórica sociedad comunista. Hoy por hoy el ateísmo marxista es un simple
postulado: Dios estorba para poder acometer el proyecto marxista de
divinización atea del hombre. Marx afirma con aplomo que la religión
desaparecerá por sí misma cuando cambien las condiciones económico-sociales.
Pero los marxistas no parece que hayan estado muy convencidos, al combatir a la
religión, y concretamente al cristianismo, utilizando todos los medios a su alcance.
Los marxistas genuinos puede que modifiquen sus doctrinas económicas, pero no
su ateísmo.
Los estudios de
historia de las religiones han mostrado hasta la saciedad que el hecho
religioso es universal: de todas las épocas, culturas y lugares. Si fuera algo
tan absurdo como lo que Marx describe, ese hecho no se produciría con esas
características. Más bien la religión es natural al ser humano, como expresión
de su religación originaria con Dios. La mera alienación económica jamás podría
producir una religión, ni siquiera en sus formas más deterioradas, si el hombre
no fuera naturalmente religioso.
La vida humana sin
Dios carece de sentido. ¿Qué dignidad, por ejemplo, tiene el trabajo humano en
un horizonte solamente material?, ¿para qué esforzarse, si la muerte terminará
pronto con todo? El materialismo envilece a la persona humana y a todos sus
logros y cierra los ojos ante los interrogantes últimos y más profundos de la
vida.
Además no es verdad
que la religión enseñe sólo a los pobres sus deberes (resignación). Enseña a
todos, pobres y ricos sus deberes y sus derechos. El creyente no tiene por qué
ser pasivo ante los problemas de este mundo; precisamente porque sabe que su
destino en la otra vida depende directamente de cómo haya practicado el bien en
esta vida terrena.
La acusación de
refugiarse en un mundo irreal la dirige el marxismo análogamente contra la
filosofía. Pero no es verdad. Solamente una filosofía racionalista o idealista
se aparta de la realidad. Y para pretender rechazar la filosofía es también
necesario, de algún modo, hacer filosofía. Es un prejuicio infundado pensar que
lo real sólo se nos ofrece en la experiencia de los sentidos. El marxismo llama
“idealismo” a todo lo que no es materialismo. La mayor parte de las filosofías
(que buscan conocer la realidad en profundidad) no son ni materialistas ni
idealistas. La inteligencia humana tiene una dimensión filosófica insoslayable:
y la filosofía es capaz de estudiar y de criticar sus propios errores.
El marxismo
constituye una “metafísica de clase”. Si bien la verdad no es monopolio de
ninguna clase o grupo social, las deformaciones de la verdad sí que traslucen
con claridad los condicionamientos mentales (en este caso la estrechez del
esquema de la “lucha de clases”). Esta ideología se caracteriza por su
parcialidad y fanatismo. Pretende ser “la verdad”, la “verdad científica”, con
una especie de monopolio que no se fundamenta racionalmente.
En íntima relación
con la filosofía está la moralidad. Para Marx no hay verdades eternas, principios
éticos absolutos. La moralidad depende totalmente del devenir histórico, y
refleja los intereses de clase. Engels afirma que los principios y leyes éticos
dependen de la infraestructura económica, del régimen de la propiedad privada y
la producción. Pero no es que cambien las normas morales, sino la realidad a
que se aplican. Así por ejemplo las normas morales sobre la usura sigue siendo
las mismas que en la Edad Media: lo que ha cambiado son las instituciones
bancarias y la razón de ser del interés monetario; un cambio de circunstancias.
Las variaciones en la aplicación y aun las mismas fallas que se producen,
muestran por contraste la universalidad de la ley moral.
Hay una ley moral
universal, que se presenta como un imperativo categórico a la conciencia de
cada uno: ej.: no mentir, no matar.
Lenin y otros
marxistas hablan de una “ética comunista”, que en la etapa revolucionaria es
todavía una “moralidad proletaria” y en la futura sociedad comunista una
“genuina moralidad humana”. La “ética comunista” se contrapone a la “moralidad
burguesa”, y está basada en la disciplina, en la responsabilidad, en la lucha
revolucionaria. Bueno es lo que ayuda al triunfo de la revolución; malo lo que
lo dificulta. Sería una moralidad totalmente pragmática, en la que “el fin (la
revolución) justifica los medios (incluyendo la mentira, el asesinato político,
etc.)”. Pero eso no es válido, porque en la realidad los medios malos no
conducen nunca a un fin bueno.
Bibliografía
IBAÑEZ LANGLOIS; op. cit., págs.
133-183
MCFADDEN; op. cit., págs 65-99, 141-171, 239-265 y
321-359.
SHEED; op. cit., págs. 109-119, 131-143.
WETTER; LEONHARD; op.
cit., págs. 257-277.
OROZCO, ANTONIO: La crítica
marxista a la religión. Folletos
Mundo Cristiano n. 247, Madrid, 1977.
OCARIZ; op. cit., págs. 53-70.
PIETTRE; op. cit., págs. 45-75.
GÓMEZ
PÉREZ; op. cit., págs. 180-217.
CALVEZ; op. cit., págs. 57-177.
V. Estado y Sociedad
Sumario. La crítica marxista prescinde de la libertad humana: el hombre
aparecería por evolución de la materia; la estructura económica explicaría por
completo el actuar de individuos y sociedades. Rechazo del Estado. Para el
marxismo la sociedad se reduce a explotadores y explotados. La lucha de clases
es presentada como una necesidad, y como el único medio para mejorar la
sociedad a través de la revolución.
Según el
materialismo histórico marxista, la verdadera estructura de la sociedad está
constituida por las fuerzas productivas, por las relaciones de producción
económica. Todo lo demás es una artificial superestructura ideológica: las
instituciones jurídicas y políticas, las manifestaciones artísticas y
culturales de un pueblo, etc.
Aparece
continuamente en el marxismo la interna contradicción entre el férreo esquema
del materialismo dialéctico (que impone una absoluta necesidad a todos los
acontecimientos sociales) y la acción revolucionaria que se propugna. ¿Cómo es
posible una revolución en base a la iniciativa y libertad humana, dentro de un
mundo necesariamente alienado por el determinismo económico de los medios de
producción?
El materialismo
dialéctico permite a los marxistas “predecir” la ruina del capitalismo y el
advenimiento necesario de la sociedad comunista sin clases. La libertad humana
no sería más que la “conciencia de la necesidad”.
En la sociedad
humana todo progresaría por evolución dialéctica: de la materia a la vida, de
la vida a la consciencia humana, de la consciencia humana a la perfecta
sociedad comunista sin clases. Los comienzos más humanistas del pensamiento de
Marx, desembocan en un rígido sistema materialista y determinista.
El origen del
hombre lo explica Marx mediante préstamos del evolucionismo materialista “el
hombre comienza a diferenciarse del animal, en cuanto empieza a producir sus
propios medios de subsistencia”. ¿Pero cómo puede comenzar a producir
herramientas, si todavía no es inteligente?
La familia tiene
importancia simplemente como parte de la infraestructura
económica. Son los reproductores de
la sociedad y para la sociedad. Como la producción y el consumo económicos son
asuntos colectivos, la procreación y educación de los hijos se convierte en
asunto público, en derecho del Estado.
Algo semejante
puede decirse de la economía como fundamento absoluto de la realidad cultural
(superestructura ideológica). La economía, como expresión de la inteligencia
humana organizativa, supone previamente ya una cultura, y sin ella no progresa.
Indudablemente que
los factores económicos constituyen condicionamientos del libre obrar humano.
Pero el condicionamiento es un simple influjo y no verdadera causa del actuar
humano, constitutivamente libre. Para el marxismo la “alienación política”
viene constituida por el Estado, que sería un aparato de poder y opresión, al
servicio de la clase explotadora. Marx desarrolla una crítica al Estado
burgués, y la extiende a todo género de Estados en todas las latitudes y épocas
de la historia. Solamente de los factores económicos dependería el Estado. No
analiza en absoluto algo tan humano como la “ambición de poder”, que tanto
puede influir en los acontecimientos políticos y en la propia explotación
económica. Pero, sobre todo, la crítica marxista pasa por alto un hecho
innegable: la necesidad del Estado, de la autoridad que organice la sociedad
política. Los posibles abusos de poder no anulan esta necesidad. Pretender que
no exista el Estado es una verdadera ingenuidad, una utopía. De hecho, la
revolución comunista, allá donde ha triunfado, ha multiplicado los organismos y
el poder del Estado. Por mucho que se atribuya la soberanía al pueblo, la
colectividad no puede autogobernarse.
Pero, en clave
marxista, la alienación política depende de la alienación social: la dualidad
de explotadores y explotados. Sólo los factores económicos de producción
explicarían las clases sociales. Los factores culturales, religiosos, sociales,
nacionales, etc., no cuentan. Verdaderamente es hacer violencia a la realidad
social el encorsetar las variadas clases y grupos sociales en el rígido esquema
dialéctico de burguesía-proletariado (explotadores-explotados). Piénsese, por
ejemplo, en la aparición en tantos países de las clases medias desde mediados
del siglo XIX; y a la intervención gradual del Estado en el proceso
económico-social, para corregir las desigualdades más graves.
La lucha de clases,
presentada por el marxismo como irremediable y como factor de progreso social,
es artificiosa: un intento de adaptar la realidad social al esquema dialéctico.
Es una exageración: la contraposición entre burgués y proletario es presentada
como de mayor relevancia que todo aquello que une a los hombres en la común
naturaleza humana.
Sí que ocurren
conflictos sociales, pero estos son siempre limitados y parciales.
En cambio el
marxismo presenta las categorías de burguesía y proletariado como absolutas,
opuestas e inconciliables. Es como un nuevo maniqueísmo, en que el bien y el
mal son el proletariado y la burguesía. La futura sociedad comunista superará
esa oposición (más allá del bien y del mal). La burguesía será aplastada por el
proletariado y de ahí surgirá la sociedad nueva. Habrá que pasar por una etapa
intermedia, la fase socialista, que
es la dictadura del proletariado.
Ello daría paso a la sociedad comunista sin clases, con la abolición completa de la propiedad privada, ligada con la
personalidad individual. Esa utopía es muy difícil de concebir en concreto: es
como un vacío ideal de la razón atea, una sociedad en la que: “El hombre será
para el hombre el ser supremo”. Para esto tendría que haber un necesario acostumbramiento de los individuos a
actuar colectivamente, con una abundancia material definitiva e irreversible,
con una solidaridad social espontánea y desinteresada, sin Estado y sin
Derecho, como sociedad perfectamente productora-consumidora de bienes
materiales. Esa meta aparece como un ideal perverso: la persona humana se
diluye en un falso absoluto: la sociedad
sin clases, el Hombre genérico.
Ahora bien, si la Historia es dialéctica, si progresa necesariamente por
luchas, cambios y oposiciones, ¿cómo podría haber un paraíso terreno
definitivo?
El marxismo presenta
como criterio de verdad la praxis: es
en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad. Pero la reciente
historia social desmiente las teorías marxistas: el triunfo revolucionario no
se ha producido por una auto-destrucción dialéctica del capitalismo, sino por
guerra o golpe de Estado. Además se han desarrollado las clases medias (no
previstas por Marx). Y el proletariado ha ido llevando a cabo numerosas
conquistas sociales (aburguesamiento). No es, ni mucho menos la realidad
puramente negativa de que hablaba Marx. No puede darse, por tanto, la absoluta
contradicción dialéctica entre burguesía y proletariado.
El proletariado
industrial no es sino una clase social, entre otras, en un determinado momento
histórico. Las revoluciones que pueda hacer el proletariado serán también
particulares; no la revolución total ni universal. Lo universal es la religión,
la moral, la política: que se ocupan de resolver positivamente los conflictos
sociales. El proletariado redentor, absolutamente negativo y contradictorio de
la burguesía, no es sino uno de los varios mitos forjados y difundidos por el
marxismo.
Bibliografía
IBAÑEZ LANGLOIS; op. cit., págs. 183-233.
MCFADDEN; op. cit., págs 129-141, 301-321.
SHEED; op. cit., págs. 119-131.
WETTER; LEONHARD; op.
cit., págs. 215-251, 337-485.
CALVEZ; op. cit., págs. 177-262.
PIETTRE; op. cit., págs. 56-64, 135-140, 140-160,
163-185.
OCARIZ; op. cit., págs. 70-85, 109-130.
VI. Economía y revolución
Sumario. La crítica marxista de la economía atribuye la explotación a las
estructuras (propiedad privada, capital, etc.) y no a la libertad humana. La
revolución marxista, a través de la dictadura del proletariado, llevaría a una
sociedad comunista, sin clases, perfecta. Pero el paraíso terrenal materialista
es una utopía.
Para Karl Marx
todas las demás alienaciones se reducen a la alienación económica. Sin embargo,
es muy claro que lo religioso, lo filosófico y lo político posee un carácter
original e irreductible. En el fondo lo que el marxismo llama alienación
económica (injusto abuso del rico sobre el pobre) deriva de raíces no
materiales sino morales. La ambición y el egoísmo son de índole espiritual. Una
“acumulación primitiva” de capital, ocurrida de forma abusiva, tendría por
fuente la violencia o el robo, que son pecados. Las leyes de la oferta y la
demanda todavía no existían. Si ocurrió una rapiña en el origen del
capitalismo, ello se debe al mal uso de la libertad humana, y perfectamente
pudo no haber ocurrido nunca. La codicia no es resultado de las estructuras
socio-económicas, sino de la intemperancia y la injusticia personal.
Según Marx, el
capitalismo nació cuando se inició la producción industrial, y se fue formando
el capital progresivamente, merced a la acumulación de la plusvalía. Marx distingue entre el valor de uso de los
productos (trabajo empleado para elaborar bienes útiles) y el valor de cambio (dependiente no de su
utilidad sino del precio en el mercado). Las mercancías no son, en realidad,
más que “trabajo humano cristalizado”: ésa es la única fuente auténtica de su
valor. El patrono vende el producto a su valor de cambio, pero sólo paga una
parte al obrero, la necesaria para su subsistencia, para tener esa fuerza de
trabajo, pero no paga el trabajo mismo. El resto se lo queda el capitalista: plusvalía. Hay una neta división entre
proletarios asalariados y patronos capitalistas, que mediante la plusvalía disponen de una maravillosa
mercancía: el trabajo humano. Si el capital es “todo aquello que produce una
renta mediante el trabajo de otros”, el
crecimiento de los mercados y de las compañías, con la acumulación de capitales
en pocas manos iría expropiando a los
artesanos de sus recursos económicos. Cuando se suprime la servidumbre y el
antiguo régimen corporativo, el trabajo se convierte en teóricamente libre, y hay que venderlo como último
recurso. Mientras tanto aumenta cada vez más el margen de la plusvalía, y con ello las desigualdades
e injusticias sociales. Sin embargo ni el valor de la mercancía depende sólo
del trabajo del obrero (influjo de la tecnología, del capital, de la fertilidad
de la tierra, del mercado, del transporte, etc.), ni los salarios han de
descender necesariamente al mínimo vital, con un aumento constante del
proletariado mísero; ni tampoco la expropiación automática del gran capital
(pronosticada por Marx) ha ocurrido por evolución económica normal, sino por
violencia revolucionaria o por ocupación militar.
La explicación
marxista presenta los motivos y génesis del capitalismo, no como una injusticia
humana y moral, sino como la fase actual de una evolución necesaria. Los
capitalistas no tienen propiamente culpa, sino que todo ello es consecuencia de
leyes necesarias. Se habría producido entonces el antagonismo entre una
producción social de la riqueza y una apropiación individual de ella por parte
de algunos abusadores (capitalistas). Pero si ello sucedió así, fue por un
factor extra-económico: la codicia injusta de algunos. Y el economicismo
materialista no ofrece ninguna explicación para ella. Para Marx la propiedad
privada es la estructura que hace posible la alienación económica, permitiendo
que un hombre se apodere del trabajo de otro hombre; por lo tanto debe ser
abolida. No distingue entre una propiedad privada que sea justa y otra que
produzca o sea consecuencia de injusticias.
Marx anunció que la
progresiva acumulación del capital traería necesariamente la disolución del
capitalismo: “La burguesía produce sus
propios sepultureros”. En el momento en que el proceso de concentración haya
terminado se llevará a cabo la expropiación socialista: las acciones de los
capitalistas se pondrán a nombre de la nación, y nada cambiará, ni el gerente.
Hay que socializar los instrumentos de producción: tierra, fábricas, capitales.
La propiedad vuelve así a sus dueños, los trabajadores expropiados, en forma
nueva y colectiva. Se habrá producido así la última expropiación de la
Historia, no en beneficio de una clase, sino de todas: será la sociedad sin clases. Sin embargo lo que históricamente ha ocurrido es la
aparición de una nueva clase,
constituida por los líderes de la revolución.
La raíz de toda
injusticia y explotación, de toda “alienación”, está en el mal uso de la
libertad humana, en el pecado. Si se denuncian injusticias se entra en un
contexto moral, fuera del cual no tendría sentido esa denuncia. Cuando el
marxismo exalta el valor del trabajo, está hablando de algo que no puede
fundamentar, ya que para ello hay que reconocer la dignidad de la persona,
basada en su alma espiritual e inmortal. Es injusto “cosificar” a la persona,
pero solamente si la persona no es una cosa, una realidad puramente material.
Pero para el marxismo las alienaciones no tienen una causa moral; son escalones
necesarios de la cadena materialista dialéctica.
Supongamos que la
alienación se produzca del modo y por las causas que señala el marxismo. En ese
caso, siempre podrá producirse de nuevo, si ya se produjo una vez. Y la
propiedad colectivizada no escaparía a ese riesgo. De hecho las dificultades
económicas de los regímenes marxistas han sido muy grandes, por limitar la
libertad, la iniciativa privada y la propiedad.
El marxismo ha
propugnado una revolución radical, que elimine a la burguesía, establezca la
dictadura del proletariado y abra el paso a la sociedad comunista sin clases. Todo
ello ¿es resultado de la necesidad de las fuerzas económicas o de una resuelta
voluntad revolucionaria? Aunque en el fondo hay una contradicción no resuelta
entre una u otra causa, el marxismo revolucionario habla de la necesidad,
dialéctica, para infundir seguridad; y de la iniciativa voluntaria, para
acelerar la “revolución necesaria”. El factor decisivo no será ya el
proletariado amorfo de Marx, sino el partido comunista, una élite de
“revolucionarios profesionales” (Lenin), que constituyen la ‘‘vanguardia del
proletariado’’.
La revolución
marxista sería un resultado necesario de la dialéctica materialista. A la tesis
(burguesía) sigue la antítesis (revolución y dictadura del proletariado) y
después la síntesis (sociedad comunista sin clases). Si ello fuera así, ¿cómo
es posible una sociedad definitiva, que no esté sujeta a nuevas alienaciones y
no requiera de nuevas revoluciones? La revolución definitiva, si la hay, es
antidialéctica.
El proletariado no
encaja en una dialéctica de contradicción. No es una negación total y
universal, sino una particular clase social. Su dictadura no es la supresión
universal de la alienación, sino sólo una dominación particular (del partido
comunista), con tremendas posibilidades de corrupción: si el poder corrompe, el
poder absoluto puede corromper absolutamente (Lord Acton).
La prometida
desaparición del Estado, en la definitiva sociedad comunista, es una utopía.
¿Cómo puede subsistir una sociedad, si nadie la gobierna?
La sociedad
comunista, si está dentro de la historia, está sometida también a la
dialéctica, y en ella las contradicciones (alienaciones y revoluciones) han de
renovarse una y otra vez. A menos que la prometida sociedad comunista esté
fuera de la historia y no sea más que un mito creado por la fantasía humana.
Así se presenta, con caracteres utópicos, el paraíso materialista: con plenitud
total del hombre, libertad sin límites, plena armonía social, hombre
desalienado y sin limitaciones, concordia absoluta entre la cultura y la
naturaleza, etc.
El materialismo
dialéctico y el materialismo histórico chocan de frente en sus afirmaciones,
cuando se llega a la futura sociedad comunista sin clases: si la dialéctica es
la ley de lo real histórico, el comunismo es imposible; si el comunismo es
posible (y necesario), la dialéctica no es la estructura de la realidad, pues
queda abolida por el comunismo (Ibañez Langlois).
El marxismo
revisionista ha rebajado las pretensiones del futuro paraíso sin clases, así
como la necesidad de la revolución. Se limita a postular un igualitarismo
económico y social, teñido de materialismo; y siempre parcial e insuficiente
para llenar las más profundas aspiraciones humanas.
El marxismo más
consecuente y radical promete un paraíso terrenal materialista que es
claramente utópico. Plantea preguntas a las que es incapaz de responder, e
inquietudes que no puede satisfacer. Conduce, en el fondo, hacia algo que sea
trascendente, más allá del materialismo dialéctico e histórico.
Para dar valor a
este mundo no hace falta prometer falsos paraísos. El cristiano, que sabe que
la felicidad verdadera se encuentra sólo en la vida eterna, da toda su
importancia a la vida terrena. Ya que de nuestro comportamiento en este mundo
depende nuestro destino eterno.
Bibliografía
IBAÑEZ LANGLOIS; op. cit., págs. 233-320.
MCFADDEN; op. cit., págs 171-207, 359-389.
SHEED; op. cit., págs. 143-149.
WETTER; LEONHARD; op.
cit., págs. 277-328, 485-621.
OCARIZ; op. cit., págs. 86-101, 177-182.
GARCÍA DE
HARO, RAMÓN; Karl Marx: El Capital.
EMESA. Madrid, 1977, págs. 5-31.
PIETTRE; op. cit., págs. 75-135, 140-159,
193-287.
CALVEZ; op. cit., págs. 262-369, 499-583,
622-625.
VII. La descomposición del marxismo teórico
Sumario. Comunismo ortodoxo y revisionismo. El marxismo en los países occidentales: Francia, Italia,
Alemania. El eurocomunismo. Los socialismos democráticos.
Muy pronto el
comunismo sufrió escisiones y revisiones. El marxismo más radical ha sido
siempre el revolucionario, el
comunismo. Junto él se desarrollaron los movimientos socialdemócratas o simplemente
socialistas. Un representante
temprano del revisionismo marxista fue Bernstein (1850-1932), artífice del
socialismo democrático alemán, quien negó la necesidad de la revolución.
El marxismo
ortodoxo vino representado por Lenín (1870-1924), quien se dio cuenta de que
era imposible que el proletariado como tal hiciese la revolución. Ésta será
asumida por el partido comunista, “vanguardia del proletariado”, constituido
por intelectuales y agitadores políticos. De ese modo la dictadura del proletariado pasará a ser la dictadura del partido. Tiene la paternidad de la teoría del
imperialismo, como la última fase del capitalismo. Su visión del conocimiento
humano es netamente materialista: lo que se llama conocimiento intelectual es
simplemente la copia o reflejo material de las cosas sensibles. Lenín será
también quien formule la dos etapas sucesivas de la táctica y de la estrategia
de la revolución
En China
Mao-Tsé-Tung (1893-1976) desarrolló un marxismo sin diferencias teóricas con
los soviéticos. Hay sólo diferencias tácticas, políticas y nacionalistas. Es un
divulgador de los principios marxistas, aplicados a sus propias circunstancias
políticas. En los países occidentales se
llamó maoísmo a determinados
movimientos revolucionarios y semianárquicos.
Dentro de la órbita
soviética el húngaro Lukács (1885-1971) acentuó en el marxismo la dialéctica
hegeliana y la importancia de la praxis, dejando un tanto de lado el
materialismo. A la par que denuncia la cosificación
del hombre en la sociedad, preconiza un marxismo más humano. La línea oficial
soviética le obligó a rectificar algunas de sus tesis.
En los países
occidentales, no sujetos al poderío de regímenes comunistas, el marxismo
experimentó una disgregación profunda y compleja. Partiendo de los puntos
capitales de Marx (ateísmo, materialismo, dialéctica), se llevan a cabo
planteamientos políticos diferentes del leninismo. Se busca un marxismo más humanista, con el rechazo de algunos
medios violentos, y con predominio de la cultura y de la subjetividad en el
conocimiento humano.
En Francia
Lefevre se ocupó de aspectos
sociológicos del marxismo, con independencia del comunismo oficial. Althusser,
ex-católico, desarrolla una crítica a Marx, desde dentro del marxismo,
acentuando la dialéctica: el marxismo no es un humanismo, sino una ciencia.
Merleau-Ponty (1908-1961) es un existencialista ateo, cuya absoluto relativismo
le permite justificar las diversas realizaciones prácticas del marxismo. Sartre
(1905-1980), también existencialista ateo, concede un mayor relieve al
individuo singular, a la vez que asume el colectivismo y el historicismo
dialéctico. Roger Garaudy es una figura cuyo pensamiento evolucionó
notablemente, pues pasó de un marxismo estalinista
rígido y militante a un decidido revisionismo,
que le valió la expulsión del partido comunista. En esta nueva fase abandonó el
materialismo histórico y la lucha de clases como impulsora de la violencia
revolucionaria, así como al protagonismo del partido comunista. Aspira a una
mayor consideración de la subjetividad y de la iniciativa humana, se apoya más
en el progreso tecnológico que en la dialéctica, y tiende puentes hacia el
diálogo entre marxistas y cristianos.
En Italia destaca
Gramsci (1891-1937) que considera la sociedad como un conjunto de relaciones
culturales, no económicas. La revolución deberá ser una conquista ideológica y
cultural: a través de los medios de comunicación, de la escuela, etc. El
enemigo no es el capitalismo, sino el
fascismo (entendiendo por tal todo
pensamiento y moral opuestos al marxismo).
En Alemania Bloch
(de origen hebreo, caído después en el ateísmo) desarrolla un marxismo esotérico, como utopía de la esperanza (escatología terrena). Lleva a cabo una
lectura revolucionaria de la Biblia,
a la vez que propicia el diálogo entre marxistas y cristianos. También en este
país, desde 1923 prospera la llamada Escuela de Frankfort, cuyos miembros
desarrollan estudios de Sociología. Entre ellos figuran Horkheimer y Adorno.
Esta escuela está profundamente influida por el materialismo histórico de Marx
y el pansexualismo de Freud. Marcuse, quien influyó notablemente en los
movimientos revolucionarios de la década de 1960, propugna que para el hombre
ser es luchar por el placer sexual, que se haría pleno en el “reino de la
libertad comunista”. La meta es la satisfacción de instintos animales. Erich
Fromm, quien contribuyó en los Estados Unidos al desarrollo del psicoanálisis culturalista
norteamericano, a través de sus estudios de psicoanálisis, economía y
sociología, es un divulgador de Marx y de Freud. Propugna un humanismo radical,
usurpando elementos de la religión y criticando a ésta, con un enfoque
netamente hedonista. Antes, alrededor de los años 20, Tillich y otros teólogos
protestantes habían presentado al cristianismo como un socialismo religioso.
Por un corto tiempo
se presentó en Italia, Francia, España y otros países el fenómeno denominado eurocomunismo, que apelaba a los escritos juveniles de Marx y a las
obras de Gramsci. La revolución debía hacerse en el nivel ideológico, cultural
y moral. Los procedimientos debían ser de carácter democrático, siguiendo la vía democrática al poder, y alardeando
siempre de su independencia con respecto a Moscú.
Los diversos
socialismos que han prosperando y prosperan en numerosos países proceden en su
mayoría del revisionismo marxista.
Con mucha frecuencia presentan como rasgos característicos el reduccionismo materialista, el positivismo jurídico, la mentalidad
colectivista, las limitaciones a la iniciativa privada en la economía y en la
educación, el carácter beligerantemente antirreligioso.
La reiterada
permanencia del marxismo puede explicarse en parte por la persistencia de las
injusticias sociales, frente a las cuales representa una airada protesta y un
intento de radicales soluciones. En parte también por un fuerte impulso durante
muchos años por los regímenes comunistas. Hay también un influjo profundo de
índole moral, la misteriosa atracción de una doctrina atea, el vértigo de la pseudo-divinización del
hombre. El constitutivo más profundo del marxismo es el ateísmo: se niega y
combate a Dios para que el hombre sea el ser supremo. En la Encíclica Divini Redemptoris de Pío XI se afirma
que el marxismo es la máxima negación institucional de Dios que ha habido en la
historia. Se intenta una divinización del hombre, de la naturaleza y de la
historia. Se ignora voluntariamente el pecado, como la raíz más profunda de los
males que afectan al hombre. Se rechaza toda salvación que venga de Dios, que
viene sustituida por la utopía de la sociedad comunista a través de la lucha de
clases. Es la absolutización del hombre como esencia social, y su divinización
como autocreador, autorredentor y autobeatificante, como principio y fin de sí
mismo. Hay una caída profunda: la vida sobrenatural del cristiano no es ya ni
siquiera una vida ética humanamente recta sino una vida reducida solamente a
requerimientos materiales.
Bibliografía
-OCARIZ; op. cit., págs.
182-207.
-SPIEKER,MANFRED; Los herejes de
Marx. EUNSA. Pamplona, 1977, págs. 29-253.
-GÓMEZ PÉREZ; op. cit., págs. 217-313.
-PIETTRE; op.
cit., págs. 287-339.
-SHEED; op. cit.,
págs. 67-109.
-GARCÍA DE HARO; op. cit.,
págs. 183-219.
-CALVEZ; op. cit., págs.
622-644.
VIII. Marxismo y fe cristiana
Sumario. El ateísmo es el principio fundamental del marxismo. El antiteísmo
marxista es una corrupción y una especie de sustitutivo de la religión. El
Magisterio de la Iglesia ha reprobado expresamente los errores del marxismo.
Raíces morales del marxismo.
En el marxismo el
ateísmo no es un detalle incidental, sino un punto de partida y un postulado
fundamental.
Incluso el método
dialéctico es ateo en cuanto tal: utilizando ese método no hay lugar para un
ser absoluto, no dialéctico, inmutable, sin negatividad ni contradicción
(Dios).
A la vez, sin,
embargo, alienta en el marxismo un aliento pseudo-religioso: hay una especie de
profecía del futuro, de redención humana, de “fe” antirreligiosa. El hombre es
categóricarnente afirmado, en la medida en que Dios es negado. El hombre se
autocrea, se autorredime y se auto-premia. “Homo
homini Deus”: el hombre es dios para el hombre. Todo esto se explica por
los préstamos, no reconocidos, del judaísmo y del cristianismo. Hay una visión
mesiánica del mundo, pero atea y materialista.
El marxismo es
diametralmente opuesto al cristianismo, y casi nunca lo ha ocultado, con su
crítica de la religión y su antiteísmo militante. El Magisterio de la Iglesia
ha condenado expresa y repetidamente la ideología marxista, como opuesta a las
verdades reveladas por Dios.
La encíclica Divini Redemptoris (1937) de Pío XI es
el documento principal que expone la enseñanza de la Iglesia acerca del
marxismo y el comunismo, reiterada después por otros Romanos Pontífices: “el
comunismo bolchevique y ateo tiende a derrumbar el orden social y a socavar los
fundamentos de la civilización cristiana”.
“El comunismo de
hoy, de modo más acentuado que otros movimientos similares del pasado, contiene
en sí una idea de falsa redención. Un pseudo-ideal de justicia, de igualdad y
de fraternidad en el trabajo impregna toda su doctrina y toda su actividad con
cierto falso misticismo...” (n. 8).
“La doctrina, que
el comunismo oculta bajo apariencias a veces tan seductoras, se funda hoy
esencialmente en los principios del materialismo, llamado dialéctico e
histórico, ya proclamados por Marx y cuya genuina interpretación pretenden
poseer los teorizantes del bolchevismo. Esta doctrina entraña que no existe más
que una sola realidad, la materia, con sus fuerzas ciegas: la planta, el
animal, el hombre son el resultado de su evolución. La misma sociedad humana no
es sino una apariencia y una forma de la materia, que evoluciona del modo dicho
y que por ineludible necesidad tiende, en su perpetuo conflicto de fuerzas,
hacia la síntesis final: una sociedad sin clases” (n. 9).
“En semejante
doctrina es evidente que no queda ya lugar para la idea de Dios: no existe
diferencia entre el espíritu y la materia, ni entre el cuerpo y el alma; ni
sobrevive el alma a la muerte, ni por consiguiente puede haber esperanza alguna
de otra vida” (n. 9).
“¿Qué sería la
sociedad humana basada sobre fundamentos materialistas? Sería una colectividad
sin más jerarquía que la del sistema económico. Tendría como única misión la de
producir bienes por medio del trabajo colectivo y como único fin el goce de los
bienes de la tierra en un paraíso en el que cada cual daría según sus fuerzas y
recibiría según sus necesidades. El comunismo reconoce a la colectividad el
derecho, o más bien el arbitrio ilimitado de obligar a los individuos al
trabajo colectivo, sin atender a su bienestar particular, aun contra su
voluntad y hasta con la violencia. En esa sociedad, tanto la moral como el
orden jurídico ya no serían sino una emanación del sistema caduco. En una
palabra: se pretende introducir una nueva época y una nueva civilización, fruto
exclusivo de una evolución ciega: una humanidad sin Dios” (n. 12).
“El comunismo es,
por naturaleza, antirreligioso y considera la religión como el opio del pueblo,
que, hablando de la vida de ultratumba, impide que el proletario aspire a la
conquista del paraíso soviético, que es de este mundo” (n.22).
Entre los
documentos del magisterio de Pío XII referentes al comunismo, pueden destacarse
dos radiomensajes de Navidad, el de 1942 y el de 1955: “Movida siempre por
motivos religiosos, la Iglesia ha condenado los varios sistemas del socialismo
marxista, y los condena también hoy, porque es su deber y derecho permanente
preservar a los hombres de corrientes e influencias que ponen en peligro su
salvación eterna”.
“La equivocada
creencia que lleva a fundar la salvación en el siempre creciente proceso de la
producción social es una superstición, acaso la única de nuestro racionalista
tiempo industrial; pero también la más peligrosa, puesto que parece considerar
imposibles las crisis económicas, que llevan consigo el peligro de una vuelta a
la dictadura. Además, esa superstición no es tampoco apta para elegir un sólido
baluarte contra el comunismo, puesto que ella es compartida por el comunismo y
también por no pocos de la parte no comunista. Nosotros rechazamos el comunismo
como sistema social en virtud de la doctrina cristiana y debemos afirmar
particularmente los fundamentos del derecho natural. Por la misma razón rechazamos
igualmente la opinión de que el cristiano deba hoy ver el comunismo como un
fenómeno o una etapa, como necesario momento evolutivo de la misma y, por
consiguiente, aceptarlo como decretado por la Providencia divina”.
En el corto
pontificado de Juan XXIII (1958-1963) se registran medidas prácticas contra el
comunismo, como la decisión del 4-IV-1959 sobre la no licitud para los
católicos de dar su voto a los comunistas y a sus aliados políticos.
Pablo VI ha tocado
este punto en cuatro documentos principalmente:
“Estas son las
razones que nos obligan, como han obligado a nuestros predecesores -y con ellos
a cuantos estiman los valores religiosos- a condenar los sistemas ideológicos
que niegan a Dios y oprimen a la Iglesia, sistemas identificados frecuentemente
con regímenes económicos, sociales y políticos, y entre ellos, especialmente,
el comunismo ateo” (Enc. Ecclesiam suam,
n.75).
“La Iglesia no se
adhirió y no puede adherirse a movimientos sociales, ideológicos y políticos
que, trayendo su origen y su fuerza del marxismo, han conservado sus principios
y sus métodos negativos por la concepción incompleta propia del marxismo,
radical y por lo mismo falsa del hombre, de la historia y del mundo. El ateísmo
que aquél profesa y promueve no favorece
la concepción científica del cosmos y de la civilización, sino que es una
ceguera que el hombre y la sociedad pagan al fin con las más graves consecuencias. El materialismo que se deriva
de aquél expone al hombre a experiencias y a tentaciones sumamente nocivas, apaga
su auténtica espiritualidad y su trascendente esperanza” (Alocución del 22-V-1966, en el 75º aniversario de la Rerum novarum).
“Toda acción social
implica una doctrina. El cristiano no puede admitir la que supone una filosofía
materialista y atea que no respeta ni la orientación de la vida hacia su fin
último, ni la libertad ni la dignidad humana” (Enc. Populorum progressio, n. 39).
“El cristiano que
quiere vivir en una acción política concebida como servicio, tampoco puede
adherirse sin contradicción a sistemas ideológicos que se oponen radicalmente o
en los puntos sustanciales a su fe y a su concepción del hombre: ni a la
ideología marxista, a su materialismo ateo, a su dialéctica de violencia y a la
manera como ella entiende la libertad individual dentro de la colectividad,
negando al mismo tiempo toda trascendencia del hombre y a su historia personal
y colectiva. (…) La fe cristiana se sitúa por encima y a veces en oposición a
las ideologías, en la medida en que reconoce a Dios, trascendente y creador,
que interpela, a través de todos los niveles de lo creado, al hombre como
libertad responsable”(Carta Apostólica Octogessima
adveniens)
El Papa Juan Pablo
II ha escrito: “es evidente que el materialismo, incluso en su forma
dialéctica, no es capaz de ofrecer a la reflexión sobre el trabajo humano bases
suficientes y definitivas, para que la primacía del hombre sobre el
instrumento-capital, la primacía de la persona sobre las cosas, pueda encontrar
en él una adecuada e irrefutable verificación
y apoyo. También en el materialismo dialéctico el hombre no es ante todo
sujeto del trabajo y causa eficiente del proceso de producción, sino que es
entendido y tratado como dependiendo de lo que es material, como una especie de
resultante de las relaciones económicas
y de producción predominantes en una determinada época” (Enc. Laborem exercens, n. 13).
La caída de los
regímenes comunistas europeos ha de ser motivo de profundo análisis y
reflexión. “Mientras el marxismo consideraba que, únicamente llevando hasta el
extremo las contradicciones sociales, era posible darles solución por medio del
choque violento, en cambio las luchas que han conducido a la caída del marxismo
insisten tenazmente en intentar todas las vías de negociación, del diálogo, del
testimonio de la verdad, apelando a la conciencia del adversario y tratando de
despertar en éste el sentido de la común dignidad humana” (Enc. Centesimus annus, n. 23)
El cristianismo se
centra en el misterio de Cristo: Dios hecho hombre, redentor, juez y rey del
universo. Y busca, como afirmaba ya San Pablo, instaurar todas las cosas en
Cristo.
En cambio, el
marxismo es heredero del mito dieciochesco y decimonónico del progreso humano
irrevocable. El hombre se autodiviniza por su esfuerzo trabajador y revolucionario,
no por la ayuda recibida de Dios. El hombre es productor de sí mismo,
autogenerador y mejorador de su naturaleza (aunque las personas singulares
desaparezcan). La creación es sustituida por la evolución de la materia y la
autorrealización dialéctico-histórica del hombre. El pecado es sustituido por
la alienación, que no es fruto de la libertad humana, sino de las estructuras
sociales en las que el hombre “se pierde”. La salvación cristiana es sustituida
por la revolución, por la que el hombre “se salva” a sí mismo, al cambiar
radicalmente las estructuras. El proletariado es el “pueblo elegido”, que lucha
por instaurar un reino de verdad y justicia en la única tierra prometida que es
ésta. El proletariado revolucionario, abatido y luego exaltado, resulta en el
fondo una parodia de Cristo Redentor. El paraíso comunista será, en fin, una
comunidad definitiva de hombres desalienados.
Marx rechaza la
religión, al catalogarla como una completa alienación, enteramente inaceptable.
Sin embargo el cristiano que conoce bien su fe esté en óptima situación para
comprender el error marxista: como quien tiene el modelo puede entender bien
sus copias deformadas o caricaturescas.
El ateísmo
marxista-leninista es la forma más acabada, activa y religiosa de ateísmo que
haya alcanzado existencia cultural en la historia: una fe al revés, una
religión cabeza abajo (Ibañez Langlois). A la materia se le asignan rasgos
divinos: autosuficiencia, eternidad, infinitud, omnisciencia, omnipotencia. Y
esta antirreligión tiene también un “magisterio infalible”, que fundamenta una
“fe” atea: “Creo en la materia, eterna, infinita, inacabable, omnipresente;
creo en la dialéctica y sus leyes supremas. Creo en la meta de su evolución, el
paraíso terreno de la sociedad sin clases. Creo en la conciencia del
proletariado; creo en Marx, Engels y Lenín, por quienes esta conciencia se nos
ha revelado; creo en la infalibilidad del comité central del partido” (Ibañez
Langlois).
La raíz moral es la
orgullosa pretensión de la autosuficiencia humana, que se engaña ante aquella
primera y repetida tentación de Satanás: “Seréis como dioses, conocedores del
bien y del mal”. Toda una ideología se configura como “aversión a Dios y
conversión a las cosas humanas”.
Bibliografía
S.S. PÍO XI, Encíclica
Divini Redemptoris.
S.S. PABLO VI, Encíclica Ecclesiam
suam.
S.S. PABLO
VI, Alocución del 22-V-1966, en el 75º aniversario de la Rerum novarum.
S.S. PABLO VI, Encíclica Populorum progressio.
S.S. PABLO
VI, Carta Apostólica Octogessima
adveniens.
S.S. JUAN
PABLO II. Enc. Laborem exercens.
S.S. JUAN
PABLO II. Enc. Centesimus annus.
IBAÑEZ LANGLOIS; op. cit., págs.
323-363.
SHEED; op. cit., págs. 143-185.
CALVEZ; op. cit., págs. 644-668.
OCARIZ; op. cit., págs. 207-219.
IX. ¿Es posible un diálogo?
Sumario. El rechazo marxista de la religión. La ideología marxista contiene un
materialismo y ateísmo inaceptables para un cristiano. El método marxista es
inseparable de su ideología. El odio de clases se opone a la justicia y a la
caridad. La persona y su libertad son más importantes que la colectividad
social. El mejoramiento social se logra a partir de los principios cristianos.
El diálogo no puede entablarse al precio de abandonar las verdades de la fe.
El ateísmo es el
principio radical que, desde dentro, proporciona unidad y cohesión al marxismo.
Marx definió la religión como “opio del pueblo”, “suspiro de la criatura
abrumada”, “desgracia pura”. Lenin, por su parte, afirmaba: “Cualquier fe
religiosa, cualquier idea de Dios, e incluso cualquier inclinación a la idea de
Dios, constituyen una inexplicable bajeza”. “La religión es el vodka espiritual
donde los esclavos del capitalismo ahogan toda forma humana”. Estas ideas
marxistas no han quedado solamente en el campo de la teoría, sino que han sido
eficazmente llevadas a la práctica.
En ocasiones ha
habido cristianos que han pensado que ese antiteísmo es sólo circunstancial,
que se puede colaborar con los marxistas y hasta encontrar un lugar para los
creyentes en la futura sociedad comunista. Han procedido como si el sentido de
la historia se orientara necesariamente hacia las metas marxistas y oponerse a
ello, independientemente de los errores “doctrinales” del marxismo, fuera un
conservadurismo trasnochado. Con ello aceptaban implícitamente los planteamientos
del materialismo dialéctico e histórico.
Sin embargo el
marxismo no puede, sin destruir con ello todo su sistema, conceder la menor
opción a Dios, la vida eterna o la realidad del alma espiritual. De modo que la
llamada marxista a la colaboración de los cristianos no deja de ser una simple
maniobra táctica. No es válido el pretendido “cristianismo del cielo y marxismo
de la tierra”, porque el cristianismo comienza y se ejercita aquí ya en la
tierra. Las cuestiones económicas, sociales y políticas tienen una
fundamentación ético-religiosa, aunque el cristianismo no sea una ideología
terrena. El marxismo no es una simple ciencia o técnica de los asuntos de este
mundo. Más bien aparece como una antirreligión, basada en el materialismo y en
la violencia, que lucha tenazmente contra toda religión. No cabe identificación
ni convergencia entre modos de pensar tan antitéticos.
Algunos cristianos
llegaron a utilizar el marxismo como un simple método “científico” de
interpretación de la historia y de la sociedad, y como herramienta
revolucionaria. Importaría más el compromiso en la lucha de clases
(“ortopraxis”) que la rectitud de la doctrina (“ortodoxia”). Pero hay que
falsear mucho, tanto al cristianismo como al marxismo, para tratar de
conciliarlos. El marxismo no puede
separarse de sus fundamentos ideológicos, y no puede haber tampoco un
“compromiso cristiano” sin un contenido doctrinal. La fe no es un programa
socio-económico, sino una verdad revelada por Dios, un mensaje dirigido a la
eterna salvación de los hombres. El cristianismo no puede renunciar a la
absoluta primacía de Dios. Si se le deja de lado, aceptando las fórmulas
marxistas, se deja de ser cristiano.
La teoría marxista
de la lucha de clases exagera y absolutiza los conflictos sociales. El odio y la
violencia aparecen como el necesario motor del progreso y de la historia; y
esto es la antítesis de la doctrina evangélica del amor y la justicia.
La raíz de los
males sociales es moral: se encuentra en el mal uso de la libertad humana. La
influencia de las estructuras es solamente relativa. El influjo decisivo de las
actitudes y decisiones personales sobre los problemas sociales ha sido puesto
constantemente de manifiesto en las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia
sobre cuestiones sociales.
Para el marxismo,
en cambio, el centro de la realidad y de la historia no es la persona sino las
estructuras económico-sociales, necesariamente determinadas por la naturaleza
material. La espiritualidad y dignidad de la persona humana viene disminuida.
No llega a ser un humanismo auténtico. Mientras que el cristianismo exalta al
hombre al reconocerlo como criatura de Dios, hecho a su imagen y semejanza.
La “moralidad”
marxista nada tiene que ver con la moral natural ni cristiana. Escribe Lenin:
“Nuestra moralidad está del todo subordinada a los intereses de la lucha de
clase del proletariado” (no hay ley de Dios, ni valor de la persona humana en
sí misma, ni derechos inviolables).
El fin
revolucionario es de necesidad absoluta, y todo lo justifica: el crimen, la tortura,
el terrorismo, la mentira. Pero ello es engañoso, ya que los medios prefiguran
el fin, y los medios moralmente malos anuncian ya la perversidad del fin al que
dirigen.
El camino cristiano
es el de la transformación moral de las personas: y cuenta con la falibilidad
de los hombres, la frecuente lentitud y la incertidumbre de la libertad humana.
Pero éstos son los datos de la realidad, y no los sueños de un mito impaciente.
El marxismo acude a
la violencia externa y a la coacción, en una reiterada dialéctica de violencia
y odio: el asesinato político, el genocidio, el maquiavelismo refinado y el
terror policíaco son parte inseparable de su historia; aunque su totalitarismo
aplastante trata de silenciarlos.
La justa
transformación de la sociedad no tiene necesidad del mito marxista. El
mejoramiento social se viene haciendo en muchos lugares por una mejor
participación del trabajador en la propiedad y gestión de la empresa, con una
creciente valoración de la libertad de la persona, y la dignidad y prestancia
del trabajo humano.
Hay una gran tarea
de justicia y caridad solidaria en la sociedad. Y en ella los cristianos tienen
parte muy principal, con libertad en las opciones temporales y fidelidad a las
grandes directrices morales del Magisterio de la Iglesia.
Frente al desafío
del ateísmo militante marxista, propugnador del materialismo y de la lucha de
clases, desconocedor de la dignidad de cada persona, el cristiano debe mantener
su identidad. El no renuncia al diálogo, pero para lograrlo no comienza por
claudicar de sus principios y exige en el interlocutor sinceridad y buena fe.
Bibliografía
IBAÑEZ LANGLOIS; op. cit., 363-407.
S.S. PABLO VI, Enc. Ecclesiam suam.
SHEED; op. cit.,
págs. 185 y ss.
IBAÑEZ
LANGLOIS, José Miguel; Marxismo y
Cristianismo. Folletos Mundo Cristiano, n. 188, Madrid, 1976.
GÓMEZ
PÉREZ; op. cit., págs. 217-313.
SPIEKER; op. cit.,
págs. 119-169.
X. Teología de la
Liberación (I)
Sumario. Introducción. Aspiración universal a la dignidad, libertad y
justicia. La liberación, tema cristiano. La voz del Magisterio. Una nueva
interpretación del cristianismo.
Con fecha de 6 de
agosto de 1984 la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una Instrucción sobre algunos aspectos de la
Teología de 1a liberación. En ella se comienza por afirmar que el Evangelio
de Jesucristo es un mensaje de libertad y una fuerza de liberación, precisando
en qué consiste ésta última: “La liberación es ante todo y principalmente
liberación de la esclavitud radical del pecado. Su fin y su término es la
libertad de los hijos de Dios, don de la gracia. Lógicamente reclama la
liberación de múltiples esclavitudes de orden cultural, económico, social y
político, que, en definitiva, derivan del pecado, y constituyen tantos
obstáculos que impiden a los hombres vivir según su dignidad. Discernir
claramente lo que es fundamental y lo que pertenece a las con- secuencias es
una condición indispensable para una reflexión teológica sobre la liberación”.
La teología es la
ciencia de la fe. El cristiano toma como punto de partida las verdades
reveladas por Jesucristo, y a partir de ellas busca profundizar en su
contenido, explicitar lo que está implícito y obtener una comprensión más cabal
(“Fides quaerens intellectum”: la fe
que busca entender). Será una genuina teología de la liberación aquella que
parte de la Revelación cristiana, y que descubre que la primera y más radical
liberación es de la esclavitud del pecado.
Sin embargo, quizás
por la urgencia de algunos problemas sociales, algunos se han limitado a preocuparse
por las esclavitudes de orden terrenal y temporal, presentando análisis y
soluciones ambiguas e inadecuadas. El citado documento de la Santa Sede señala
desviaciones ruinosas para la fe y la vida cristiana en algunas equivocadas
“teologías” de la liberación, principalmente por utilizar conceptos tomados del
pensamiento marxista.
Es un signo de los
tiempos que vivimos, que la Iglesia debe discernir e interpretar a la luz del
Evangelio, la aspiración de los pueblos a una liberación de opresiones injustas.
La dignidad del hombre, creado “a imagen y semejanza de Dios” (Gen 1, 26-27), no debe verse ultrajada
por injusticias culturales, políticas, raciales, sociales o económicas. Hay un
deseo universal de una vida más fraterna, justa y pacífica; sin el escándalo de
las injustas desigualdades entre ricos y pobres (personas y países). Estas
aspiraciones han de ser iluminadas y guiadas por la Revelación cristiana, sin
que sean acaparadas por ideologías de materialismo o violencia que ocultan o
pervierten su sentido.
La liberación es un
tema cristiano. Encuentra un eco profundo y fraternal en los corazones de
quienes tienen la experiencia radical de la libertad cristiana, porque rechazan
la esclavitud del pecado (Gal V y
ss.). En el Antiguo Testamento Dios aparece como el liberador de su pueblo, en
orden a la salvación y la santidad: libera a Israel de Egipto (Ex. XXIV) y del exilio de Babilonia, y
de todos sus enemigos. En los Salmos se expresa continuamente que sólo de Dios
se espera la salvación y el remedio. Los profetas, después de Amós, muestran
con especial fuerza las exigencias de justicia que exige la fidelidad a la
Alianza con Dios. Dios es el defensor y el liberador del pobre, de la viuda y
del huérfano.
El Nuevo Testamento
presenta estas mismas exigencias, todavía más radicalizadas en las
Bienaventuranzas. La conversión y renovación del hombre han de hacerse desde lo
más hondo del corazón. Cristo manda el amor fraterno, tal como Él nos ama. Todo
hombre es prójimo (Lc X, 25-37).
Jesús, que se hizo pobre por nosotros (II
Cor VIII, 9), es solidario de toda miseria humana. Y en el Juicio pedirá
cuenta de las obras de misericordia (Mt
XXV, 31-46). Hay que vivir la misericordia tal como el Padre celestial (Lc VI; 36). Los ricos son fuertemente
exhortados a cumplir con su deber (Sant.
V, 1 y ss; 1 Cor XI, 17-34).
Aparece, pues, muy
claro, que la primera liberación es la del pecado. La Carta a Filemón, de San Pablo, es un ejemplo eminente de la nueva
libertad del cristiano, que, ganada por la gracia de Cristo, debe tener
necesariamente repercusiones en el plano social. El pecado es siempre personal,
aunque tenga consecuencias sociales. El mal no está ni principal ni únicamente
en las “estructuras”, pues éstas son fruto de la acción de la persona humana,
libre y responsable. La búsqueda de la perfección moral de la persona supone
también la caridad, como apertura y espíritu de servicio hacia los otros.
La voz del
Magisterio de la Iglesia ha hecho múltiples llamados en los últimos tiempos,
exhortando a vivir la justicia y la solidaridad con el prójimo. Recordemos las
Encíclicas Mater et Magistra y Pacem in terris de Juan XXIII; la Populorum progressio; Evangelii nuntiandi y Octogessima adveniens de Pablo VI; la
Constitución Gaudium et spes del
Concilio Vaticano II; las Encíclicas Redemptor
hominis, Dives in misericordia y Laborem exercens de Juan Pablo II; el Discurso de este último ante la Asamblea
General de las Naciones Unidas, del 2-X-1979; la III Conferencia Plenaria del Episcopado Latinoamericano en Puebla de
Los Ángeles (México) en 1979, etc., etc. Juan Pablo II señalaba en Puebla:
“los tres pilares sobre los que debe apoyarse toda teología de la liberación
auténtica: la verdad sobre Jesucristo, la verdad sobre la Iglesia, la verdad
sobre el hombre”.
Siguiendo estas
directrices, muchos fieles cristianos han venido realizando un trabajo ingente
y desinteresado. Pero hay que tener cuidado, para no dar primacía a lo
material: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la
boca de Dios” (Mt IV, 4; Dt VIII, 3). Sería un funesto error
dejar para mañana la evangelización, con la pretensión de resolver primero, los
problemas materiales. Se caería en la tentación de un Evangelio puramente
terrestre, que pondría también en peligro la “opción preferencial por los
pobres y por los jóvenes” (Documento de
Puebla, IV, 2). Hay algunas erróneas teologías de la liberación que
proponen una interpretación innovadora del contenido de la fe y de la
existencia cristiana, apartándose gravemente de la fe de la Iglesia e incluso
negando prácticamente la misma.
Cuando esto último
ocurre, el generoso compromiso inicial en favor de los pobres se ve corrompido
por préstamos no criticados de la ideología marxista y el uso de una
hermenéutica bíblica dominada por el racionalismo.
Bibliografía
SAGRADA
CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción Libertatis nuntius sobre algunos aspectos de la Teología de la
liberación, I-VI.
IBAÑEZ
LANGLOIS, José Miguel; Teología de la liberación y lucha de clases.
Ed. Palabra, Madrid, 1985, págs. 7-69.
MATEO
SECO, L.; OCARIZ, F. ; ¿Qué es la
Teología de la liberación?. Folletos Mundo
Cristiano, n. 404, Madrid,1985, págs.
33-53.
XI. Teología de la Liberación (II)
Sumario. El análisis marxista. Subversión del sentido de la verdad y
violencia. Consecuencias teológicas. Una nueva hermenéutica. Conclusiones
Algunos cristianos,
por impaciencia y voluntad de una mayor eficacia han adoptado el análisis
marxista (que tiene fama de “análisis científico”). Sin embargo, como el
marxismo es una concepción totalizante, su método dialéctico es inseparable del
contenido. Es verdad que ha habido interpretaciones y revisiones del marxismo,
pero esas diversas tendencias son incompatibles con el cristianismo, en la
medida en que conservan el ateísmo, la lucha de clases, el materialismo y el
totalitarismo.
La teología es la
ciencia, de la Fe. Su punto de partida son las verdades reveladas por Dios. Y
su instrumento ha de ser congruente con ellas. El materialismo dialéctico e
histórico no es un método apto para hacer teología.
El núcleo
ideológico marxista es el principio fundamental y determinante de las desviadas
teologías de la liberación. El análisis marxista es inseparable de la «praxis»
revolucionaria.
La verdad para el
marxismo es solamente una verdad de clase, ya que la estructura fundamental de
la historia está marcada por la lucha de clases: no puede haber neutralidad, objetividad ni
universalidad de la verdad.
De este modo la
sociedad estaría constitutivamente fundada sobre la violencia, ley necesaria.
La moralidad se disuelve al servicio de la lucha política revolucionaria.
Las consecuencias
son sumamente nocivas para la vida cristiana. Siendo la lucha de clases la ley
estructural fundamental de la historia, esta ley dividiría también a la
Iglesia. Cuando se afirma que Dios se hace historia, y se anula con ello toda
diferencia entre historia de la salvación e historia profana del mundo, lo que
se está afirmando es simplemente la autorredención del hombre a través de la
lucha de clases.
Toda la fe y la
teología vienen subordinadas a la lucha de clases: el amor fraterno sólo será
válido para con el “hombre nuevo” que surgirá de la revolución victoriosa. Se
confunde al pobre de la Sagrada
Escritura con el proletario de Marx.
La Iglesia es iglesia de clase, del pueblo (oprimido), con opción exclusiva por los pobres. Se rechaza la estructura
sacramental y jerárquica de la Iglesia, tal como Jesucristo la quiso. La
Jerarquía y el Magisterio, son vistos como representantes de la clase
dominante. El pueblo sería la única fuente de los ministerios sagrados. La
Eucaristía sería simplemente una celebración del pueblo en lucha, la fe
“fidelidad a la historia”, la esperanza “confianza en el futuro”, la caridad
“opción exclusiva por los pobres”.
Quienes no
comparten la “praxis” partidista revolucionaria son excluidos de todo diálogo,
como opresores. No importa la rectitud de la fe (ortodoxia), sino el compromiso
revolucionario (ortopraxis). Y ése sería el único punto de partida para la
Teología. La doctrina social de la Iglesia es desdeñosamente rechazada, como si
fuera sólo un tímido remiendo.
Hay una nueva hermenéutica, una interpretación ajena a
la Tradición y al Magisterio de la Iglesia; interpretación materialista y
racionalista. Se lleva a cabo una relectura esencialmente política de la
Biblia, desde el relato del Éxodo hasta el Magnificat
de Santa María. El Reino de Dios aparece como de este mundo. Se desconoce así
la completa novedad del Nuevo Testamento; la persona de Jesucristo, verdadero
Dios y verdadero hombre; y de la redención como liberación del pecado, fuente
de todos los males. Estos autores rechazan el Magisterio y la Tradición de la
Iglesia, renovando el error modernista de comienzos de siglo de distinguir
entre el “Jesús de la historia” (simplemente hombre) y el “Jesús de la fe”
(divinizado por la primitiva comunidad cristiana). Los dogmas de fe irían
cambiando de contenido según los cambios de la historia y de la lucha
revolucionaria. La misión y la muerte de Cristo son interpretadas en forma
exclusivamente política, negando así la redención. La lucha de clases se
presentaría dentro de la Iglesia como conflicto entre la Jerarquía y la “base”.
Cuando la autoridad
de la Iglesia reprueba los errores de estos falsos teólogos de la liberación,
no está aprobando con ello la injusticia y la explotación. La Iglesia considera
como tarea prioritaria la atención a los más pobres, y esto ha de hacerse en
comunión con los Obispos y el Papa. Los teólogos han de atenerse a su misión de
colaboración leal con el Magisterio de la Iglesia. Esta es universal, para
todos los hombres, teniendo en cuenta “toda realidad humana, toda injusticia,
toda tensión, toda lucha” (Juan Pablo II, 2-VII-1980).
Para remediar las
injusticias es necesario emplear medios conformes a la dignidad humana. La
violencia engendra violencia y degrada al hombre, a quien la sufre y a quien la
practica.
La fuente de las
injusticias es el corazón de los hombres, que ha de renovarse por la conversión
interior. El “‘hombre nuevo” no viene de la reforma de las estructuras, sino
del Espíritu Santo. Es preciso convertirse a Dios, que es el Señor de la
historia.
No hay que olvidar
que millones de nuestros contemporáneos han carecido de las libertades
fundamentales bajo regímenes totalitarios y ateos. Y eso en nombre de la
liberación del pueblo. La complicidad con esas ideologías sería una verdadera
traición a los pobres. La lucha de clases como camino hacia la sociedad sin
clases es un mito, un espejismo.
El verdadero camino
para el mejoramiento de la sociedad es apoyarse en el Evangelio y en su fuerza
de realización. Para ello hay que recuperar y potenciar el valor de la
enseñanza social de la Iglesia, abierta a todas las cuestiones nuevas. Esa
enseñanza contiene sólo las grandes orientaciones éticas. A los laicos, comunes
fieles cristianos, corresponde el primer puesto en su puesta en práctica.
A los Pastores, por
su parte, corresponde velar por la calidad y contenido de la catequesis y de la
formación. El mensaje de salvación debe ser difundido completo y sin
amputaciones, hablando de la divinidad de Cristo, la trascendencia y gratuidad
de la liberación en Jesucristo, la soberanía de la gracia, la verdadera
naturaleza de los medios de salvación, y en particular de la Iglesia y de los
sacramentos. No conviene pasar por alto las nociones del bien y del mal, el
pecado y la conversión, el amor fraterno universal. El Reino de Dios no es
político: tiene un contenido específico y se apoya en el destino trascendente
de la persona.
Si los cristianos
sabemos ser fieles a la fe, y esmerarnos en el amor a Dios, seremos, en frase
del Papa Pablo VI y de la Conferencia de Puebla, los constructores de la
“civilización del amor”.
La fe de la
Iglesia, de la cual no se puede apartar sin provocar, con la ruina espiritual,
nuevas miserias y nuevas esclavitudes, viene expuesta con plena claridad en el Credo del pueblo de Dios de Pablo VI:
“Confesamos que el Reino de Dios iniciado aquí abajo en la Iglesia de Cristo no
es de este mundo, cuya figura pasa, y que su crecimiento propio no puede
confundirse con el progreso de la civilización, de la ciencia o de la técnica
humanas, sino que consiste en conocer cada vez más profundamente las riquezas
insondables de Cristo, en esperar cada vez con más fuerza los bienes eternos,
en corresponder cada vez más ardientemente al Amor de Dios, en dispensar cada
vez más la gracia y la santidad entre los hombres. Es este mismo amor el que
impulsa a la Iglesia a preocuparse constantemente del verdadero bien temporal
de los hombres. Sin cesar de recordar a sus hijos que ellos no tienen una
morada permanente en este mundo, los alienta también, en conformidad con la
vocación y los medios de cada uno, a contribuir al bien de su ciudad terrenal,
a promover la justicia, la paz y la fraternidad entre los hombres, a prodigar
ayuda a sus hermanos, en particular a los más pobres y desgraciados. La intensa
solicitud de la Iglesia, Esposa de Cristo, por las necesidades de los hombres,
por sus alegrías y esperanzas, por sus penas y esfuerzos, nace del gran deseo
que tiene de estar presente entre ellos para iluminarlos con la luz de Cristo y
juntar a todos en Él, su único Salvador. Pero esta actitud nunca podrá
comportar que la Iglesia se conforme con las cosas de este mundo ni que
disminuya el ardor de la espera de su Señor y del Reino eterno”.
Bibliografía
SAGRADA
CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción Libertatis nuntius sobre algunos aspectos de la Teología de la
liberación, I-VI.
IBAÑEZ
LANGLOIS; Teología de la liberación y
lucha de clases. págs. 69- 225.
MATEO
SECO; OCARIZ; ¿Qué es la Teología de la
liberación? págs. 5- 33.
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